Los lentes con los que ves el mundo
- Raul Alberti

- 13 jun
- 4 min de lectura
La realidad no siempre es como es. Muchas veces es como la interpretamos.
Hace unos días estaba leyendo un libro y encontré una historia que me hizo reflexionar profundamente: la historia plantea una situación muy sencilla.
Imagina que hay un mendigo parado en una esquina de una gran ciudad.
Está apoyado contra un edificio elegante.
Su ropa está rota.
Su aspecto es descuidado.
Y aparentemente no está haciendo nada más que permanecer ahí.
Hasta aquí todos estamos viendo exactamente la misma escena.
Sin embargo, algo interesante ocurre cuando distintas personas observan a ese mismo hombre.

Una persona lo mira desde la vergüenza y piensa que es desagradable y deshonroso.
Otra lo observa desde la culpa y concluye que probablemente merece estar donde está.
Alguien más lo mira desde el miedo y lo percibe como una amenaza potencial para la sociedad.
Otra persona siente tristeza y lo ve como una víctima de las circunstancias.
Alguien con una visión más neutral simplemente piensa que es una persona más que está viviendo una realidad diferente.
Y otra persona, desde un nivel más elevado de comprensión, siente curiosidad.
Se pregunta cuál será su historia.
Qué decisiones tomó.
Qué experiencias vivió.
Qué dolor habrá atravesado.
Incluso puede llegar a sentir compasión.
Lo interesante es que el hombre nunca cambia.
Permanece exactamente en el mismo lugar.
La única diferencia está en quien lo observa.

Y ahí aparece una reflexión que me parece fascinante.
La mayoría de nosotros creemos que vemos la realidad tal como es.
Pero la realidad es que no vemos las cosas como son.
Las vemos como somos.
Cada uno de nosotros lleva puestos unos lentes invisibles, lentes construidos a lo largo de toda nuestra vida. Los fabrica nuestra infancia.
Nuestras experiencias.
Nuestros éxitos.
Nuestros fracasos.
Nuestras heridas.
Nuestros miedos.
Nuestras creencias.
Y sin darnos cuenta observamos el mundo entero a través de ellos.
Por eso dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y sacar conclusiones completamente diferentes.
Piensa en algo tan común como el mercado inmobiliario.
Dos asesores trabajan en la misma ciudad.
Con las mismas tasas.
Con las mismas condiciones económicas.
Con los mismos retos.
Uno afirma:
—El mercado está muerto.
El otro dice:
—Es más lento, pero todavía hay oportunidades.

El mercado es exactamente el mismo.
Lo que cambia es la interpretación.
Lo mismo ocurre con una pérdida.
Un cliente decide comprar con otra persona.
Alguien concluye:
—No sirvo para esto.
Mientras otro piensa:
—¿Qué puedo aprender para hacerlo mejor la próxima vez?
El hecho es idéntico.
La historia que cada uno se cuenta es completamente distinta.
Y aquí es donde muchas veces comienza el problema.
Confundimos nuestra interpretación con la verdad.
Pensamos que porque vemos algo de cierta manera, necesariamente es así.
Pero no siempre es cierto.
De hecho, muchas de las discusiones que vemos todos los días nacen precisamente de eso.
Dos personas observan exactamente el mismo acontecimiento.
Las dos están convencidas de que tienen razón.
Las dos creen que están viendo la realidad.
Cuando en realidad están viendo la realidad a través de lentes distintos.
Con los años he descubierto que una de las habilidades más valiosas que una persona puede desarrollar es aprender a cuestionar sus propios lentes.
Preguntarse:
¿Y si no estoy viendo toda la historia?
¿Y si existe otra explicación?
¿Y si estoy reaccionando más a mis experiencias pasadas que a lo que realmente está ocurriendo?
Son preguntas incómodas.
Pero increíblemente poderosas.
Porque muchas veces no sufrimos por lo que sucede.
Sufrimos por la interpretación que hacemos de lo que sucede.
No reaccionamos a los hechos.
Reaccionamos a la historia que nos contamos sobre los hechos.
Y son dos cosas completamente diferentes.
Piénsalo.
Una crítica puede destruir a una persona.
Y ayudar a crecer a otra.
Un fracaso puede hundir a alguien.
Y convertirse en el punto de partida para otra persona.
Una crisis puede parecer el final.
O el comienzo de una nueva etapa.
No porque la situación cambie.
Sino porque cambia el observador.
Tal vez por eso las personas que más crecen no son necesariamente las más inteligentes.
Ni las más talentosas.
Ni las más afortunadas.
Muchas veces son simplemente las que tienen la capacidad de revisar sus propias creencias.
Las que entienden que no siempre tienen toda la razón.
Las que están dispuestas a cambiar de perspectiva.
Las que aceptan que todavía hay cosas que no ven.
Y creo que ahí hay una enorme lección para todos.
Especialmente para quienes trabajamos con personas.
Para quienes vendemos.
Para quienes lideramos equipos.
Para quienes educamos hijos.
Para quienes construimos relaciones.
Porque entender que cada persona ve el mundo desde lentes distintos nos vuelve más pacientes.
Más comprensivos.
Más humildes.
La próxima vez que alguien piense diferente a ti, antes de asumir que está equivocado, tal vez valga la pena preguntarte:
¿Qué habrá vivido para ver las cosas de esa manera?
¿Qué lentes está usando?
Y más importante aún...
¿Qué lentes estoy usando yo?
Porque al final, la realidad no siempre es como es.
Muchas veces es como la interpretamos.
Y cuando cambian los lentes...
puede cambiar por completo la forma en que vemos nuestra vida.
Mi reflexion...
Quizás una de las decisiones más inteligentes que podemos tomar no es intentar cambiar el mundo que vemos.
Quizás la verdadera transformación comienza cuando nos atrevemos a revisar los lentes con los que lo estamos mirando.
Porque no vemos el mundo como es.
Lo vemos como somos.
Y cuando cambiamos nosotros...muchas veces cambia todo lo demás.




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