Lo que aprendí cuando dejé de medir mi éxito por comisiones
- Raul Alberti
- 6 jun
- 2 min de lectura
Hubo una época en la que medía mi éxito de una forma muy simple.
Si las comisiones subían, pensaba que iba bien, si cerraba más operaciones que el año anterior, sentía que estaba creciendo, si facturaba más, asumía que estaba ganando.
Y durante mucho tiempo esa fórmula parecía funcionar.
Después de todo, en el mundo inmobiliario estamos rodeados de indicadores que constantemente nos recuerdan cuánto hemos vendido, cuánto hemos facturado o cuántas operaciones hemos cerrado.

El problema es que nadie te enseña que existe una diferencia enorme entre ganar más dinero y construir una mejor vida.
Yo tuve la suerte de trabajar durante muchos años como director dentro de una empresa. Allí muchas cosas estaban resueltas. Existían departamentos, procesos, equipos y estructuras que permitían que el negocio funcionara.
Mi responsabilidad era dirigir.
No construir todo desde cero.
Pero cuando decidí emprender mi propio camino descubrí una realidad completamente distinta.
De repente ya no era solamente el director.
Era también el comercial.
El responsable de marketing.
El encargado de operaciones.
El que resolvía problemas.
El que apagaba incendios.
El que tomaba todas las decisiones.
Y aunque las comisiones seguían llegando, empecé a notar algo extraño.
Cada vez ganaba más dinero, pero cada vez tenía menos libertad.
Mi negocio crecía, peró mi dependencia del negocio también.
Fue entonces cuando entendí algo que cambió por completo mi forma de ver el emprendimiento.

Muchos profesionales confunden ingresos con éxito, peró no siempre son lo mismo.
Porque puedes facturar mucho y vivir agotado, puedes cerrar muchas operaciones y no poder desconectarte nunca, puedes ganar más dinero que antes y, al mismo tiempo, haber construido una cárcel mucho más grande.
Recuerdo una idea que aparece en Padre Rico, Padre Pobre, de Robert Kiyosaki.
El autor explica que existen cuatro formas principales de generar ingresos.
Empleado.
Autoempleado.
Dueño de negocio.
Inversionista.
Y aunque durante años pensé que estaba construyendo un negocio, la realidad es que seguía actuando como autoempleado.
La diferencia es enorme:
El autoempleado posee un trabajo.
El dueño de negocio posee un sistema.
El primero necesita estar presente para que las cosas ocurran.
El segundo construye algo capaz de funcionar incluso cuando él no está.
Y cuando entendí esa diferencia, dejé de obsesionarme con las comisiones.
Empecé a prestar atención a otras métricas mucho más importantes.
¿Tengo tiempo para mi familia?
¿Puedo ausentarme sin que todo se detenga?
¿Existen procesos claros?
¿Estoy formando personas?
¿Estoy construyendo algo que dependa menos de mí cada año?

Porque al final descubrí que el verdadero éxito no consiste en cuánto produces.
Consiste en cuánto has sido capaz de construir.
Hoy sigo creyendo que vender es importante, sigo creyendo que las comisiones son una consecuencia necesaria del trabajo bien hecho; peró ya no las utilizo como mi principal indicador.
Porque las comisiones muestran el resultado de hoy mientras que los sistemas, los equipos y la libertad muestran el resultado de los próximos diez años.
Y si algo he aprendido en este camino es que el objetivo no debería ser ganar más dinero cada año, el objetivo debería ser construir una vida que valga la pena disfrutar mientras lo ganas.
Esa es la diferencia entre tener un negocio y convertirte en esclavo de uno.




Comentarios