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No todas las oportunidades merecen un sí

20 sept
7 min de lectura

Durante muchos años pensé que una de las grandes habilidades de un empresario era saber detectar oportunidades.

Ver algo antes que los demás.

Encontrar un mercado interesante. Conocer a la persona correcta. Descubrir una inversión. Entrar en un negocio. Identificar un proyecto inmobiliario antes de que se vuelva evidente para todo el mundo.

Y sigo creyendo que esa capacidad es importantísima.

Pero después de más de 20 años haciendo negocios, hoy creo que existe otra habilidad igual de importante y mucho menos valorada:

saber qué oportunidades dejar pasar.

Porque llega un momento en tu vida profesional en el que el problema ya no es la falta de oportunidades.

El problema es que empiezan a aparecer demasiadas.

Y si no tienes cuidado, aquello que parecía una ventaja puede convertirse precisamente en lo que te aleje de lo que realmente quieres construir.


Al principio, decir sí tiene mucho sentido

Cuando empiezas tu carrera probablemente necesitas decir sí muchas veces.

Sí a una reunión.

Sí a conocer a alguien.

Sí a un cliente pequeño.

Sí a una colaboración.

Sí a trabajar más horas.

Sí a intentar algo que todavía no sabes hacer.

Sí a entrar en lugares donde quizás todavía no te sientes preparado.

Muchas de las cosas que aprendí durante mis primeros años trabajando en bienes raíces llegaron precisamente porque acepté oportunidades que probablemente hoy analizaría de otra manera.

En esa etapa necesitas experiencia.

Necesitas contactos.

Necesitas equivocarte.

Necesitas descubrir en qué eres bueno y también en qué no.

Necesitas construir una reputación.

Y para conseguirlo muchas veces tienes que abrir muchas puertas.

El problema aparece cuando pasan los años y seguimos utilizando exactamente la misma estrategia.

Porque llega un momento en el que crecer ya no depende de cuántas puertas eres capaz de abrir.

Depende de cuáles decides mantener cerradas.


Una buena oportunidad puede ser una mala decisión

Esta es una distinción que me parece fundamental.

Algo puede ser objetivamente interesante y, al mismo tiempo, no tener sentido para ti.

Una inversión puede ser rentable.

Un nuevo negocio puede tener mercado.

Una alianza puede estar formada por personas extraordinarias.

Un cliente puede tener capacidad económica.

Un proyecto puede tener muchísimo potencial.

Pero ninguna de esas cosas responde a la pregunta verdaderamente importante:

¿Tiene sentido para mí en este momento?

Durante años tendemos a evaluar las oportunidades únicamente por lo que podemos ganar.

¿Cuánto puedo ganar?

¿Cuánto puede crecer?

¿Qué rendimiento puede generar?

¿Qué comisión existe?

¿Qué pasa si funciona?

Con el tiempo he aprendido a hacerme también la pregunta contraria:

¿Qué me va a costar decir que sí?

Y no me refiero solamente al dinero.


El costo que casi nunca aparece en Excel

Hay costos muy fáciles de calcular.

Capital.

Nómina.

Marketing.

Oficinas.

Tecnología.

Comisiones.

Honorarios.

Pero existe otro costo que pocas veces ponemos en una hoja de cálculo:

nuestra atención.

Cada vez que dices sí a algo nuevo, ese proyecto empieza a ocupar espacio en tu cabeza.

Llegan reuniones.

Mensajes.

WhatsApps.

Correos.

Decisiones.

Problemas.

Personas que necesitan respuestas.

Temas que tienes que revisar.

Conversaciones que aparecen mientras estás haciendo otra cosa.

Y poco a poco algo que inicialmente parecía simplemente “una oportunidad más” empieza a competir por el recurso probablemente más limitado que tenemos:

nuestra capacidad de atención.

Por eso hoy pienso que una oportunidad nunca se paga solamente con dinero.

También se paga con tiempo, energía y atención.

Y esos tres recursos son mucho más difíciles de recuperar.

El costo de oportunidad no siempre es financiero

En economía existe un concepto muy conocido: el costo de oportunidad.

Cuando eliges una alternativa, inevitablemente estás renunciando a otra.

Pero en la vida empresarial muchas veces olvidamos aplicarlo.

Aceptamos un nuevo proyecto y pensamos únicamente en lo que ese proyecto puede producir.

No pensamos suficientemente en aquello que quizá dejaremos de construir porque ahora nuestra atención está dividida.

Tal vez ese nuevo negocio genera dinero.

Pero impide que el negocio principal crezca mucho más.

Tal vez ese cliente genera una buena comisión.

Pero requiere una cantidad desproporcionada de tiempo y energía.

Tal vez esa alianza parece interesante.

Pero durante los siguientes dos años genera reuniones, conflictos y distracciones que nunca habías contemplado.

Incluso una inversión puede producir un buen rendimiento y seguir siendo una mala decisión si para administrarla necesitas dedicarle una cantidad absurda de atención.

Por eso no todo lo que genera dinero necesariamente genera valor para tu vida.

Facturar más y avanzar más no siempre son la misma cosa.


Existe algo todavía más peligroso: el FOMO

Creo que muchos empresarios sufrimos, en mayor o menor medida, de una especie de FOMO profesional.

El miedo a que aparezca una gran oportunidad y nosotros no estemos dentro.

“¿Y si esto explota?”

“¿Y si todos entran menos yo?”

“¿Y si después me arrepiento?”

“¿Y si esta era la oportunidad?”

Y ese miedo puede hacer que terminemos participando en demasiadas cosas.

Curiosamente, cuanto más tiempo llevas haciendo negocios, más oportunidades llegan.

Porque conoces más personas.

Tienes más relaciones.

Tienes más experiencia.

Tienes más acceso.

Y posiblemente también tienes más capital.

Entonces aparece una paradoja.

Aquello por lo que trabajaste durante años —tener acceso a mejores oportunidades— empieza a exigirte una nueva habilidad:

la capacidad de renunciar.

No porque la oportunidad sea mala.

Sino porque tú ya sabes hacia dónde quieres ir.


Una pregunta que me ayuda muchísimo

Hay una pregunta que me parece particularmente útil cuando aparece algo nuevo:

Si esta oportunidad no hubiera llegado a mí, ¿yo habría salido a buscarla?

La diferencia es enorme.

Porque muchas veces no estamos persiguiendo algo que realmente queremos.

Simplemente estamos reaccionando a algo que apareció frente a nosotros.

Alguien nos presenta una inversión.

Alguien propone una sociedad.

Alguien invita a participar en un proyecto.

Alguien ofrece una nueva línea de negocio.

Y de repente estamos dedicando semanas a analizar una posibilidad que hace un mes ni siquiera formaba parte de nuestros objetivos.

Eso no significa que debamos rechazar las oportunidades inesperadas.

Algunas de las mejores cosas de nuestra vida pueden aparecer precisamente así.

Pero sí significa que vale la pena preguntarnos:

¿Esto forma parte de mi estrategia o acaba de convertirse en mi estrategia simplemente porque apareció?

Antes de decir sí, hoy intento mirar cinco cosas

Con los años he aprendido a evaluar una oportunidad desde algo más amplio que su posible rentabilidad.

Primero pienso si realmente me acerca a lo que estoy construyendo.

Después intento entender cuánto capital necesita, pero también cuánto tiempo y atención va a exigir.

Me pregunto qué tendré que dejar de hacer si decido hacerlo.

Intento distinguir entre entusiasmo y verdadero encaje.

Y, sobre todo, me hago una pregunta incómoda:

¿Quiero realmente esta oportunidad o simplemente me gusta sentir que tengo otra opción?

Porque acumular opciones también puede convertirse en una forma sofisticada de distracción.

Hay personas con diez proyectos abiertos que parecen estar avanzando muchísimo.

Mientras otra persona trabaja silenciosamente durante cinco años en una sola cosa.

Desde fuera, la primera parece más activa.

Pero actividad y progreso tampoco son sinónimos.



Decir no también es una estrategia

Durante mucho tiempo asociamos el “no” con perder.

Perder un cliente.

Perder dinero.

Perder una inversión.

Perder una relación.

Perder una oportunidad.

Pero cuando tienes claridad sobre lo que quieres construir, el significado cambia.

Un no puede proteger tu calendario.

Puede proteger tu capital.

Puede proteger tu energía.

Puede proteger tu equipo.

Puede proteger tu familia.

Puede proteger tu salud.

Y, sobre todo, puede proteger el proyecto al que realmente quieres darle tus mejores años.

Esto es algo que creo que aprendemos tarde.

Porque el éxito suele enseñarnos a sumar.

Más clientes.

Más negocios.

Más inversiones.

Más propiedades.

Más proyectos.

Más responsabilidades.

Pero llega una etapa en la que avanzar también significa aprender a restar.


El verdadero lujo es poder elegir

Hay otra razón por la que me parece tan importante construir patrimonio, activos e ingresos que no dependan exclusivamente de nuestras horas de trabajo.

No se trata solamente de tener más dinero.

Se trata de tener mayor capacidad de elección.

Poder rechazar un negocio porque no encaja contigo.

Poder decirle no a un cliente que sabes que no es adecuado.

Poder abandonar una oportunidad que consume demasiado de tu vida.

Poder dedicar tiempo a tu salud, a entrenar, a viajar, a tu familia o simplemente a pensar.

Para mí, una parte importante de la libertad financiera está precisamente ahí.

No en poder comprar más cosas, sino en no tener que aceptar todas las oportunidades.

Porque cuando necesitas desesperadamente cada operación, cada cliente o cada ingreso, elegir se vuelve mucho más difícil.

Cuando construyes una base sólida, puedes empezar a tomar decisiones no únicamente desde la necesidad económica, sino desde la dirección que quieres darle a tu vida.

Y eso cambia muchísimo las reglas del juego.


Quizá crecer no significa hacer más

Vivimos en una cultura que constantemente nos empuja a agregar.

Otro negocio.

Otra inversión.

Otra fuente de ingresos.

Otra ciudad.

Otro proyecto.

Otro objetivo.

Pero últimamente me interesa cada vez más una pregunta diferente:

¿Qué debería dejar de hacer?

Quizá la siguiente etapa de tu negocio no necesita cinco proyectos nuevos.

Quizá necesita que elijas uno y lo hagas extraordinariamente bien.

Quizá no necesitas 200 clientes más.

Necesitas cuidar mejor a los 50 correctos.

Quizá no necesitas otra inversión.

Necesitas entender mejor las que ya tienes.

Quizá no necesitas trabajar más horas.

Necesitas dejar de entregar tus horas a cosas que nunca debieron entrar en tu agenda.

Porque crecer no siempre consiste en agregar.

A veces crecer significa eliminar todo aquello que compite con lo verdaderamente importante.


La oportunidad correcta también necesita espacio

Durante años pensé que crecer consistía, en buena medida, en aprender a encontrar oportunidades.

Hoy sigo creyendo que eso importa.

Pero creo que existe una segunda etapa.

Una mucho más difícil.

Aprender a descartarlas.

Porque no todas las oportunidades merecen tu dinero.

No todas merecen tu tiempo.

No todas merecen tu energía.

Y definitivamente no todas merecen tu atención.

Por eso, la próxima vez que aparezca una gran oportunidad, quizá antes de preguntarte:

“¿Cuánto puedo ganar si digo que sí?”

valga la pena hacerte otra pregunta:

“¿Qué estoy dejando de construir si digo que sí?”

A veces la decisión correcta será avanzar.

Otras veces será dejarla pasar.

Y eso no significa que hayas perdido una oportunidad.


Significa que has aprendido algo que normalmente tarda muchos años en entenderse:

cuando sabes qué quieres construir, decir no deja de ser renunciar.

Se convierte en una forma de proteger el sí que realmente importa.

2 comentarios


Muy interesante tu disertación Raúl. Gracias por compartir.

¿Puedes describir que significa FOMO ? Por favor.

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Contestando a

Tener FOMO (del inglés Fear of Missing Out, que se traduce como «miedo a perderse algo») es una sensación de ansiedad o inquietud que surge al pensar que otras personas están viviendo experiencias divertidas, interesantes o importantes de las que uno está ausente.

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