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Cómo planear tu año en 60 minutos: un método simple que sí se cumple

Cada enero pasa lo mismo. Empezamos el año con entusiasmo, hacemos listas largas, nos proponemos cambios enormes y, sin darnos cuenta, en pocas semanas volvemos a lo de siempre. No porque no tengamos disciplina, sino porque confundimos planificación con presión. Planear no debería agotarte; debería ordenarte.


Con los años entendí algo simple: no necesitas más metas, necesitas más claridad. Y la claridad no se logra pasando horas frente a una agenda, sino haciendo las preguntas correctas y eligiendo pocas cosas bien. Por eso hoy quiero compartirte un método sencillo, realista y sostenible: planear tu año en 60 minutos de verdad, no para impresionar a nadie, sino para cumplirlo.

No es un método perfecto. Es un método humano. Y por eso funciona.

Antes de hablar de metas, siempre empiezo por las preguntas. Porque si no sabes desde dónde empezar, cualquier plan es solo ruido. Las tres preguntas que uso todos los años son simples, pero incómodas si las contestas con honestidad.


  1. La primera es: ¿qué quiero sentir más este año? No qué quiero lograr, sino qué quiero sentir. Paz, energía, enfoque, disfrute, libertad, estabilidad. Las metas sin emoción se abandonan rápido. En cambio, cuando tienes claro cómo quieres vivir tus días, las decisiones se ordenan solas.

  2. La segunda pregunta es: ¿qué estoy dispuesto a soltar para que eso pase? Todo cambio real implica renuncia. Tiempo mal usado, compromisos innecesarios, hábitos que ya no suman, incluso expectativas ajenas. Planear sin soltar es como querer avanzar cargando peso extra.

  3. La tercera pregunta es: ¿qué no puede faltar este año, aunque todo se complique? Acá aparece tu base. Eso que, pase lo que pase, te sostiene. Puede ser tu salud, tu familia, tu práctica personal, tu enfoque en el trabajo. Si esto no está claro, cualquier imprevisto te desarma.

Con esas tres respuestas, ya hiciste más que el 80% de las personas que planifican en enero.

El siguiente paso es elegir cuatro áreas clave, no diez, no quince. Cuatro. Más de eso es dispersión. Menos, es incompleto. Estas son las áreas que yo uso porque atraviesan todo lo demás.


La primera es salud y energía. No como objetivo estético, sino como base. Dormir mejor, moverte más, comer con más conciencia. Sin energía, ningún plan se sostiene.


La segunda es trabajo y dinero. No para exigirte más, sino para tener claridad. Qué quieres fortalecer, qué quieres ordenar, qué quieres dejar de hacer. El dinero necesita dirección, no obsesión.


La tercera es relaciones. Pareja, familia, amigos. No cantidad, sino calidad. Qué vínculos quieres cuidar más y cuáles necesitas redefinir. Las relaciones mal atendidas terminan drenando todo.

La cuarta es crecimiento personal. Aprendizaje, lectura, introspección, espiritualidad. No como moda, sino como ancla. Cuando tu creces por dentro, todo lo demás se acomoda.

Para cada área, no elijas diez objetivos. Elegí uno o dos máximos. Los que, si se cumplen, hacen que el año haya valido la pena.


Ahora viene una de las decisiones más importantes del método: elegir un hábito no negociable. Uno solo. No una lista interminable. Un hábito pequeño, realista y diario que represente la persona que quieres ser este año.

Puede ser caminar 20 minutos, escribir una página, meditar cinco minutos, leer diez páginas, entrenar fuerza dos veces por semana. No importa cuál elijas; importa que sea sostenible. El hábito no negociable no busca resultados rápidos, busca identidad. Es una forma de decirte todos los días: estoy cumpliendo conmigo.

Muchas personas fracasan en sus planes no porque no sepan qué hacer, sino porque no crean una base diaria. El hábito es esa base.



Por último, está la parte que hace que todo esto funcione en el tiempo: un sistema semanal de revisión de 10 minutos. No más. Si necesitas más tiempo, no lo vas a hacer.





Una vez por semana, siempre el mismo día, te sientas y te haces tres preguntas simples: ¿Qué hice bien esta semana? ¿Qué no funcionó y por qué? ¿Qué ajusto para la próxima?

Nada de juicio, nada de culpa. Solo observación y ajuste. Planear no es controlar el futuro; es aprender en el camino. Este espacio semanal evita que el año se te vaya sin darte cuenta.

Si juntas todo, el método es así de simple:tres preguntas que ordenan, cuatro áreas que enfocan, un hábito que sostiene, y una revisión que corrige.

Eso entra en 60 minutos. Y, lo más importante, se puede repetir. Porque el mejor plan no es el más ambicioso, sino el que se puede vivir sin agotarse.

Cada año que pasa confirmo lo mismo: no ganan los que se exigen más, ganan los que se sostienen mejor. Planear con calma es una forma de respeto hacia vos mismo. No para tener un año perfecto, sino un año consciente.

Si este año logras sentirte un poco más en paz, un poco más enfocado y un poco más fiel a lo que quieres, entonces el plan ya cumplió su función. Todo lo demás llega como consecuencia.

Raul Alberti Claridad antes que presión. Proceso antes que promesas. 🌿

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